Carole Hart

por Carole Hart
Junio 20, 2016

La primera impresión siempre cuenta.

No lo podemos negar, la primera impresión cuenta… y mucho. La estética queramos o no es seductora e impone cierto respeto. Claro está, que si una vez se profundiza en ella y no hay contenido valioso, pues pasa, decepciona. También cabe destacar que mucho dependerá del contexto cultural y los parámetros de belleza que forman parte de la sociedad en que se presente.

Ahora extrapolemos esto a las marcas. Es inevitable apartar los productos y servicios de una estética, de un conjunto de códigos que nos remitan a una conclusión prematura sobre el mismo. Ya sea en la botella y etiqueta de una bebida o el logotipo de un banco,todo comunica.

Nuestro cerebro está constantemente decodificando los estímulos exteriores y asignándole un significado según nuestro marco referencial. Esto explica porque hay embalajes de productos que nos parecen tan atractivos a primera instancia o simplemente rechazamos antes de ni siquiera comprobar su contenido. Es que ya nos hemos creado una impresión previa sobre ellos a través de lo que nos plantea su “look”.

Dicho esto, queda más que clara la importancia que tiene la estética en las marcas. No se trata simplemente de un diseño o un logo “bonito”, hay un nivel más profundo. Implica determinar claramente nuestra audiencia, entender su contexto social, sus necesidades y, sobre todo, que el contenido de ese producto o el beneficio esencial, la mística de esa empresa, o la categoría comercial en la que esté englobado, quede indiscutiblemente identificado a través de los elementos visuales que le acompañen. Por ejemplo: Un refresco cuya botella y diseño se asemejen a los códigos de un detergente, causará un rechazo inmediato en el consumidor. Que en un banco confiable, su logo luzca “amateur”, le resta respeto. Es como una falta ortográfica imperdonable en la nota de una primera cita… de inmediato da pie a las dudas.

Por tanto si nuestro fin es seducir a la gente hacia lo que ofrecemos, la primera impresión que reciban será muy importante. La meta es enamorarlos, pero para eso hace falta conocerlos, desarrollar nuestra imagen en base a eso que tanto desean y el marco contextual en el que viven. Se trata de convertirnos en objeto de deseo. Poca gente quiere tirar las cajitas de relojes Fossil o aquellas latas de bebidas con diseños increíbles. Todos hemos comprado alguna vez en el súper un comestible cuya envoltura ha sido tan tentadora que no pudimos resistirnos, aun sin haber tenido tan siquiera una recomendación.

El buen diseño es necesario, también es comunicación y parte de una estrategia. No podremos captar la atención de una persona joven con un diseño clásico y barroco, como tampoco seríamos asertivos en un público de avanzada edad con un diseño con estética punk. Pero en ambos casos debemos perseguir la belleza, la armonía y la buena composición, cosas que solo pueden ser logradas con gran éxito por profesionales del área. Algunas empresas optan por reducir presupuesto de la partida de diseño y comunicación, pero esto es siempre notorio, el consumidor lo percibe y resta valor al producto.

Las cosas que se ven “chuipi” están condenadas a ser baratas y entrar en regateo, no inspiran confianza ni se perciben como valiosas. Si su producto es conscientemente un “low cost”, seguro que el embalaje no será en cristal de bohemia, pero sí ofrece al consumidor un diseño atractivo y cuidado aunque sencillo, y con materiales económicos, como parte de un diseño profesional bien pensado, tenga por seguro que le irá mucho mejor.

En conclusión, no siempre necesitamos palabras para comunicar, el diseño es una ciencia que pesa en la construcción de marcas y no solo es importante, es absolutamente necesaria.